El mundo amanece con nuevos ataques en el estrecho de Ormuz que redefinen el comercio mundial
Durante décadas, la globalización se sostuvo sobre la premisa de que las grandes rutas marítimas permanecerían abiertas al margen de las disputas geopolíticas. Los nuevos ataques en el estrecho de Ormuz cuestionan esa certeza. En uno de los corredores por donde transita una quinta parte del petróleo mundial, la escalada militar entre Estados Unidos e Irán trasciende el plano regional y revela una transformación más profunda: el retorno de la geopolítica como fuerza determinante del comercio internacional, de la seguridad energética y del equilibrio económico global.
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Renacer Centroamérica
7/9/20263 min leer


La geografía ha vuelto a demostrar que puede cambiar el rumbo de la economía global. Bastó una nueva jornada de ataques contra embarcaciones comerciales en el estrecho de Ormuz y la inmediata respuesta militar de Estados Unidos para que el comercio internacional despertara bajo un escenario completamente distinto al de hace apenas unas semanas. Los mercados reaccionaron de inmediato, el precio del petróleo volvió a dispararse y las principales economías comenzaron a calcular el costo de una crisis que ya no puede entenderse únicamente como un conflicto regional.
El estrecho de Ormuz no es un paso marítimo cualquiera. Por ese corredor, de apenas unas decenas de kilómetros de ancho entre Irán y Omán, circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el planeta y una proporción similar del comercio mundial de gas natural licuado. Cada día, millones de barriles de crudo atraviesan esa vía rumbo a los grandes centros industriales de Asia, Europa y Norteamérica. Cuando Ormuz se convierte en un escenario de guerra, la economía mundial entra automáticamente en estado de alerta.
Los acontecimientos de las últimas horas representan una nueva fase de la confrontación entre Washington y Teherán. Después de los ataques registrados contra buques mercantes en el estrecho, Estados Unidos lanzó nuevas operaciones militares contra objetivos iraníes, mientras Irán respondió manteniendo la presión sobre la navegación en una de las rutas marítimas más importantes del planeta. El riesgo ya no reside únicamente en el intercambio de bombardeos, sino en la posibilidad de que la inseguridad convierta el tránsito comercial en una operación cada vez más costosa e incierta.
Las consecuencias económicas comenzaron a sentirse casi de inmediato. El precio internacional del petróleo volvió a acercarse a los 80 dólares por barril, impulsado por el temor a interrupciones prolongadas en el suministro energético. A ello se suma el incremento de las primas de seguro para los buques que cruzan la zona, el desvío de embarcaciones hacia rutas más largas y costosas y la incertidumbre que ya afecta las decisiones logísticas de las principales navieras internacionales.
Pero el impacto va mucho más allá del petróleo. El estrecho de Ormuz constituye un nodo fundamental para el transporte de productos petroquímicos, fertilizantes, gas natural licuado y materias primas esenciales para la industria mundial. Cada retraso incrementa los costos de producción, altera las cadenas globales de suministro y termina trasladándose a consumidores de prácticamente todos los continentes mediante mayores precios de alimentos, transporte, electricidad y bienes manufacturados.
La crisis también está acelerando un proceso de transformación geoeconómica que ya venía gestándose desde la pandemia y la guerra en Ucrania: la búsqueda de rutas alternativas y una menor dependencia de los grandes puntos de estrangulamiento del comercio internacional. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos vuelven a apostar por oleoductos que eviten Ormuz, mientras diversos países fortalecen corredores energéticos terrestres y puertos alternativos. La diversificación logística deja de ser una estrategia de eficiencia para convertirse en una necesidad de seguridad nacional.
Los organismos internacionales observan con creciente preocupación este escenario. El Fondo Monetario Internacional ya advierte que una prolongación del conflicto puede traducirse en menor crecimiento económico mundial, mayor inflación y nuevas presiones sobre los mercados financieros. La estabilidad alcanzada tras varios años de desaceleración económica vuelve a enfrentarse a un riesgo geopolítico que amenaza con alterar el comercio global durante un periodo prolongado.
En este contexto, el estrecho de Ormuz deja de ser únicamente un espacio geográfico para convertirse nuevamente en el principal termómetro de la economía mundial. Cada misil lanzado en sus aguas repercute en los mercados de futuros, en las bolsas internacionales y en las decisiones de gobiernos y empresas que dependen de cadenas de suministro globales.
El mundo amanece, una vez más, recordando una vieja lección de la geopolítica: los grandes conflictos ya no solo se libran en los campos de batalla, sino también en las rutas comerciales que sostienen el funcionamiento de la economía internacional. Lo que sucede en Ormuz ya no afecta únicamente a Oriente Medio; redefine las reglas del comercio mundial y obliga a replantear la arquitectura energética sobre la que se construyó la globalización durante las últimas décadas.
*Artículo elaborado con información de Swiss info.
