Brooklyn Rivera y el derecho a enterrar a los muertos

Una reflexión sobre la muerte de Brooklyn Rivera, la situación de sus familiares y el significado que estos hechos tienen para los derechos humanos, los pueblos indígenas y la historia reciente de Nicaragua.

POLÍTICAMENTE INCORRECTO

Cristhian Alvarenga

6/5/20266 min leer

Escribo desde la bendita rabia. Esa rabia que no nace del odio, sino de la conciencia moral. La rabia que aparece cuando el poder deja de administrar la vida colectiva para convertirse en una maquinaria de humillación humana.La muerte de Brooklyn Rivera no pertenece únicamente a su familia ni al pueblo miskito. Pertenece, desde todas las perspectivas posibles, a la historia de Nicaragua.


En los años en que todavía existían espacios de participación política y una democracia precaria pero real, conocí fugazmente a Brooklyn. Yo entraba a una oficina en la Asamblea Nacional de Nicaragua, mientras él salía de otra. Era diputado del partido indígena YATAMA y una de las voces más visibles de la Costa Caribe. No puedo decir que fui su amigo. Tampoco que compartí todas sus posiciones. Pero sí puedo afirmar que representó una biografía que terminó convirtiéndose en el espejo moral de una época.


Porque hay hombres cuya muerte deja de ser un hecho privado para transformarse en una pregunta colectiva.
¿Qué clase de país permite que un anciano indígena desaparezca durante años bajo custodia estatal?
¿Qué clase de poder necesita ocultar a sus personas presas políticas?


Durante tres años Brooklyn Rivera permaneció desaparecido dentro del sistema penitenciario nicaragüense. El Estado negó información sobre su paradero, lo aisló de sus familiares y lo sustrajo del espacio público. Son prácticas que la humanidad conoce demasiado bien. Las utilizaron las dictaduras militares del Cono Sur, el franquismo en España, los regímenes genocidas de distintas épocas y todos aquellos sistemas políticos que comprendieron que el terror no consiste solamente en encarcelar cuerpos, sino también en administrar la incertidumbre y el miedo.


Finalmente murió bajo custodia estatal. Sus familiares intentaron recuperar el cuerpo para despedirlo según las tradiciones de su pueblo. La respuesta fue la cárcel y posterior desaparición de seis familiares que reclamaban el derecho a enterrarlo en Sandy Bay en Wilwi, caribe norte, como era su deseo.


La historia vuelve a repetirse. La ejerció Somoza. La ejercieron quienes confundieron revolución con obediencia absoluta. La ejercen hoy quienes han convertido el Estado en patrimonio familiar. Existe una razón por la que todas las civilizaciones han desarrollado rituales funerarios. Mucho antes de que existieran los Estados modernos, las constituciones o los tratados internacionales de derechos humanos, las comunidades humanas comprendieron una verdad elemental: los muertos pertenecen a la memoria de los vivos y no al poder de los gobernantes.


Enterrar a nuestros muertos constituye uno de los primeros actos de libertad de la especie humana. Por eso el caso de Brooklyn Rivera trasciende a Nicaragua, porque nos obliga a formular una pregunta: ¿qué ocurre cuando el poder pretende decidir quién merece ser recordado y quién merece ser borrado?


La respuesta tiene un nombre. Barbarie, que es igual a fascismo.


No la barbarie entendida como ausencia de instituciones, sino como la utilización de las instituciones para negar la condición humana de determinadas personas. En lengua miskita, "upla" significa pueblo, gente, ser humano. "Tata" remite al anciano respetado, al guía, al referente moral de una comunidad. Por eso muchos miskitos llamaban a Brooklyn Rivera Tata Upla: el anciano del pueblo.


Su importancia histórica no radica únicamente en los cargos que ocupó ni en las alianzas políticas que estableció a lo largo de su vida. Su verdadera contribución fue recordar que los pueblos indígenas no son una nota al pie de la historia nacional. Son sujetos políticos. Son pueblos con memoria, territorio, cultura y derechos. La historia oficial de Nicaragua ha sido escrita demasiadas veces desde Managua, desde una visión mestiza. Como si el Caribe fuera una periferia distante. Como si los pueblos miskitos, mayangnas, ulwas, ramas, garífunas y creoles fueran invitados dentro de una nación construida sin ellos.


La muerte de Brooklyn Rivera nos recuerda precisamente lo contrario. Nos recuerda que la cuestión indígena sigue siendo una cuestión democrática. Nos recuerda que la autonomía sigue siendo una promesa incumplida. Nos recuerda que el avance del extractivismo, el despojo territorial y la colonización permanente de los territorios comunitarios constituyen amenazas reales contra la supervivencia material y cultural de los pueblos originarios.


Desde la perspectiva de los derechos humanos, ninguna persona debería desaparecer dentro de una prisión estatal. Ninguna familia debería ser condenada a la incertidumbre permanente. Ningún gobierno tiene derecho a convertir el encierro en un espacio donde desaparecen las garantías jurídicas más elementales.


Pero existe también una lectura política más profunda. El drama de Brooklyn Rivera revela la crisis de un modelo de poder que ha subordinado la vida humana a la conservación de privilegios políticos y económicos. Cuando la razón de Estado se coloca por encima de la dignidad humana, cuando la acumulación de poder importa más que la libertad de los pueblos, el resultado inevitable es la degradación moral de toda la sociedad.


Por eso la memoria de Brooklyn Rivera no debe servir para construir nuevas exclusiones. Nicaragua no necesita reemplazar un autoritarismo por otro. Tampoco necesita una identidad nacional reducida a símbolos que ignoren la diversidad histórica y cultural del país. La Nicaragua que algún día tendremos que reconstruir no será únicamente azul y blanco. Será también miskita, mayangna, ulwa, rama, garífuna, creole y mestiza. Será la Nicaragua de quienes trabajan la tierra, de quienes defienden los bosques y los ríos, de quienes sobreviven al exilio, de quienes resisten dentro del país y de quienes han sido históricamente marginados por el capitalismo dependiente, el colonialismo interno y las distintas élites que han administrado el poder.


Y quizá por eso, al pensar en Brooklyn Rivera, resulta imposible no recordar a Antígona. Hace más de dos mil cuatrocientos años, Sófocles escribió una de las tragedias más importantes de la historia universal. En ella, el rey Creonte prohíbe que el cuerpo de Polinices sea enterrado. Antígona desafía la orden porque entiende que existe una ley superior a la voluntad de los gobernantes: la ley de la dignidad humana.
El conflicto no era solamente familiar.
Era político.
Era filosófico.
Era profundamente humano.


¿Puede el Estado apropiarse de los muertos? ¿Puede el poder decidir quién merece duelo y quién merece olvido? ¿Puede una autoridad colocarse por encima de los principios fundamentales que hacen posible la convivencia humana?


La respuesta de Antígona fue no. La respuesta de la humanidad, después de siglos de guerras, genocidios y dictaduras, también ha sido no.
Por eso el caso de Brooklyn Rivera trasciende las fronteras de Nicaragua. Porque no estamos únicamente ante la muerte de un dirigente indígena. Estamos frente a una disputa mucho más profunda entre memoria y olvido, entre dignidad y dominación, entre humanidad y barbarie.
Los familiares de Brooklyn Rivera al buscar su cuerpo para darle sepultura no estaban reclamando privilegios. No estaban exigiendo poder. No estaban pidiendo concesiones políticas.


Estaban reclamando algo infinitamente más elemental. El derecho a despedir a uno de los suyos. El derecho a llorar a su muerto. El derecho a conservar la memoria. Ese es el motivo por el que su muerte duele más allá de las fronteras étnicas, ideológicas o partidarias. Porque en la figura del Tata Upla no solamente ha sido golpeado el pueblo miskito. Ha sido herida una idea fundamental de civilización.


Y toda sociedad que pierde el respeto por sus muertos termina perdiendo también el respeto por sus vivos. La Nicaragua que tendremos que reconstruir después de la dictadura deberá aprender esa lección. No podrá edificarse sobre la venganza ni sobre nuevas exclusiones. Tendrá que nacer del reconocimiento de todas las memorias que componen el país. Tendrá que reconciliar la Costa Caribe con el Pacífico, a los pueblos indígenas con la nación que tantas veces los ignoró, y a la democracia con la justicia social.


Porque la libertad no consiste únicamente en elegir gobernantes. La libertad consiste en construir una comunidad política donde ningún ser humano pueda ser borrado por el poder. Donde ningún pueblo sea tratado como una periferia. Donde ningún preso desaparezca en las sombras de una celda. Y donde nunca más una familia tenga que luchar contra el Estado para recuperar el cuerpo de sus muertos.
Ese sería, quizás, el homenaje más digno para Brooklyn Rivera. Y también la victoria definitiva de Antígona sobre Creonte.

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